Maratón de París

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El viernes, después de una semana de nervios esperando el gran día nos fuimos a París, me acompañaron Rocio y mi madre, volamos con Iberia y nos alojamos en un Airbnb al lado del Museo de Louvre. Y así amaneció el sábado, activación en ayunas de 4 kilómetros por el Sena y un buen desayuno para ir después a la Feria del Corredor. A pesar de estar un poco alejada me causó muy buena impresión, mucho control de seguridad, agilidad para entrar y recoger el dorsal en menos de 5 minutos. Un pequeño capricho en la tienda de Asics y corriendo a comer un plato de verduras asadas y otro de pasta con Gon, Maite y nuestras familias, avivar los nervios con una foto en la Torre Eiffel, paseo para bajar la comida y corriendo al apartamento a resguardarnos del frío y la lluvia, sí acordaos de esto, FRÍO Y LLUVIA el sábado por la tarde.

Mientras Rocio y mi madre pateaban París yo me quedé en el apartamento bajo el nórdico viendo el Informe Robinson de Gómez Noya, a ver si me pegaba algo para el día siguiente… La tarde pasaba lenta, los nervios se habían metido en el estómago y parece que no tenían muchas ganas de irse así que preparé la cena temprano según los consejos de Belén Rodríguez: doble de pasta, verduras, mitad de proteínas y yogur desnatado.

En la cama mil vueltas, nervios de ganas no de miedo, de querer hacerlo bien, de pensar que había trabajado muy duro durante tres meses para estar en mejor forma que nunca antes en mi vida, en las mañanas de invierno despierto a las 6 para ir al gimnasio a fortalecer las piernas, en los despertadores para nadar temprano en la piscina, a las noches de lluvia entrenando, a las veces que había renunciado a comer mal, a las tapias de Casa de Campo con barro y fango, a los cientos de lavadoras que día tras día enjuagaban el sudor del sacrificio, a las discusiones con mi familia sobre si tenía que seguir adelgazando o no, a los madrugones sin intentar despertar a Rocio aunque a la vuelta me enterase de que había vuelto a hacer ruido y se había despertado en sus dos únicos días de descanso y aún así no se enfadaba, en no querer fallarles a Gon y a Maite por haberse adaptado a mi ritmo de carrera, en las ganas de que a todos y cada uno de los Tigres que correríamos en París le saliera bien la carrera porque todos habían luchado contra sus demonios interiores para conseguirlo y porque todo el que tiene el valor de enfrentarse a sí mismo durante 3 meses y en una carrera de 42 kilómetros, ya sea en 2 o en 6 horas, merece, como mínimo, respeto.

Y entre pensamiento y pensamiento de pronto sonó el despertador. Salto de la cama, me puse la mejor sonrisa que llevaba en la maleta, desayuno: café con leche, pan con pavo y tomate, zumo de naranja, plátano y batido de proteínas, me visto, reparto besos, me animan, me quieren y salgo de casa como ese día en el que sabes que las cosas van a salir bien, 4 paradas en metro, me bajo, gente nerviosa, gente que corre, familiares de gente que corre y llega Maite, desde que la veía acercarse se me empañaban los ojos, se me agrandaba cada vez más la sonrisa. La abrazo, nos descojonamos, nos decimos cuantos miles de millones de nervios tenemos encima y nos vamos a por Gon, a mitad de camino nos paran para hacernos una entrevista y vemos a Agus, Miguel Ángel y Jesús: SUBIDÓN, van a intentar hacer sub3horas y ya van para su cajón, después otro grupo más de Tigers: segundo subidón, grupo de familiares: tercer subidón, llegamos al punto de encuentro y aparece todo nuestro grupo, las personas con las que he vivido estas Doce Semanas: Gon, Óscar, Gonzalo, Enrico, Juan, Julián, Román, Jorge, Lourdes, Sergio, Txuchy, Mario, Julio, Juanma, Raúl, Ivan, Laurent, David y Rubén. Calentamiento, al cajón, risas, sonrisas, abrazos, selfies, nervios y de pronto salimos, empezamos, corremos, un pie tras otro, 3 meses esperando a esto y de pronto llega, ¿cómo puede ser verdad? ¿Cómo puede ser que acabemos de pasar por el arco de salida y YA ESTÉ SUDANDO?

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Concordia, Louvre, Bastilla, kilómetro 7, qué calor, si ayer hacía frío, bebo agua, mucha agua, subidas que no bajan, mucho parque, más calor, euforia cada vez que nos animaban, euforia viendo a Gon animar al público pero la cabeza es traicionera, ¡ay amigo! estos labios secos en el kilómetro 12 no dicen nada bueno, empiezo a mojarme la cabeza en cada avituallamiento, Laurent, David y Rubén me animan, salimos del parque, Medio Maratón en 1 hora y 54 minutos: malas sensaciones pero estamos cumpliendo el plan a la perfección, no dejo de sudar y de pronto noto que tengo cuádriceps, siempre supe que los tuve en el mismo sitio, pero joder, no tan pronto, no puedo empezar a sentir calambres en el kilómetro 22, da igual se pasarán… si, seguro…

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Vuelta a la Bastilla, no sé que pasa pero estoy sudando mucho, los labios secos, dos botellines de agua cada vez, pastillas de sales, ayer hacía frío y hoy un infierno ¿otra vez toca sufrir? Pero, ¿a la tercera no iba la vencida? Pasamos Notre Dame, a Gon le flipa la estampa, nos lo dice, y al decírnoslo se le nota que le flipa, yo solo quiero que llegue el 42, me da igual Notre Dame, todo muy bonito, sí, pero esto se pone feo aunque sea la ciudad más hermosa del mundo. Maite me va mirando de reojo, me conoce, no puedo engañarla, no sé si empieza a darse cuenta de que es cuestión de tiempo que mi ritmo empiece a caer. De momento aguantamos, nos metemos en un túnel, el temido túnel largo, pero ¡qué fresquito se está dentro! Música relajante, imágenes de playas paradisíacas en las paredes, ambientador, ¿no podía esto llegar hasta la meta? No.

Kilómetro 29, en la misma cara: la Torre Eiffel. Esta es mi fotografía del Maratón, inmortalizada para siempre en mi cabeza. Estoy corriendo en París, en la tierra de la libertad, sin miedo a los asesinos que no se saldrán con la suya, que bonita está la torre, que bonito este momento, que bonita es la compañía… ¡Qué jodido voy! Rescata la sonrisa que por aquí está la familia esperando, si se dan cuenta de que ya voy mal no les va a calentar la ropa en el cuerpo. Las veo, las quiero y las abrazo. Les digo: “voy de maravilla”, Rocio no es tonta y siento sus ganas de venirse detrás mía, de empujarme, de gritarme y de animarme pero no puede dejar a mi madre sola, aún así se quedó a acompañarme en mi cabeza. La vejiga llama a la puerta, los nueve botellines de agua que llevo en el cuerpo quieren salir, me da igual la gente y me paro, Gon y Maite se temen lo peor: la 13-14.

Kilómetro 30 voy solo, descansado por la pequeña parada, por ir vacío, por ir a la sombra pero chaval, si tienes un mínimo de vergüenza sube el ritmo y ve a buscar a tus dos amigos aunque solo sea para darles las gracias por estar ahí. Nefasto avituallamiento de isotónico mezclado con agua (el único de la carrera), calle con sombra, miro a lo lejos y ahí está: ¡la gorra amarilla de Maite! Miro el pulsómetro y veo ritmo 4:50, vas mal y encima chuleas, esta me la pagas, o algo así debió pensar el destino, me esperan, los cojo y me tranquilizo, el ritmo empieza a subir, ha llegado el momento de los valientes, donde la cabeza va a martillearte a cada instante con que pares, que correr no es divertido, con que no has venido a París a sufrir, con que hay más carreras donde hacerlo bien, solo es mi tercer maratón y hay muchos por delante para hacerlo bien, pero mi padre también viene conmigo y empieza a empujar, has estado callado todo el tiempo y apareces cuando más falta me haces, que listo eres.

Kilómetro 34, otro parque, ¿qué tienen los franceses con los parques? Que mareo tanto árbol y tanto calor, las piernas duelen, mucho, muchísimo, estoy deshidratado y cada vez lo acuso más, Gon y Maite me animan y les digo que se vayan, que me dejen a mi que ya acabaré yo, me insultan, me increpan, soy tonto solo por mencionarlo. No sé si como venganza Maite me tira una botella de agua fría por la nuca que me hace hiperventilar, kilómetro 37, entro en ese momento en el que piensas que vas a terminar con toda seguridad pero no sabes cómo, aún no sé cómo.

Ambulancias, desmayos, gente inconsciente, muchísima gente andando, a veces se hace hasta incómodo y empiezo a pensar que no voy tan mal cuando estoy viendo a tantos corredores abandonando y siendo atendidos, puede que si vaya a terminar. Las piernas se agarrotan, me cuesta cada paso, kilómetro 41, estamos llegando, ¿quién es el listo que ha puesto a los fotógrafos justo al terminar una cuesta? lo vamos a hacer, kilómetro 42 se ve la recta de meta, alfombra verde, los padres de Gon nos gritan, le dan una bandera de España y de pronto el momento, mi momento: inesperadamente están mi madre y Rocio esperándonos, está María, su madre y su tía. Me cruzo de lado a lado sin pensar en nadie más, estoy a 200 metros de meta pero quiero quedarme con ellas, quiero abrazarlas, les digo que las quiero, que ya está, que duele mucho pero que ya ha pasado, Rocio me empuja, me echa literalmente, como diciéndome que tengo que acabar la carrera porque hasta que no pase por el arco no se va a terminar esto, como siempre ella pensando en mi.

Bandera de España al cuello, fuerza la sonrisa que luego quieres verte bien en las fotos, Maite, Gon y yo, los tres juntos, como habíamos prometido. Pasamos por el arco. Ya está. Llora, llora como un niño porque es el momento de hacerlo. A partir de ahí, un momento de felicidad cada vez que nos encontrábamos con otro Tigre, unos nos esperaban, otros van llegando, todo son buenas noticias: los 47 lo hemos conseguido.

París, te has portado mal con nosotros, nos debes una. No creas que el crêpe de Nutella que me voy a comer va a ser suficiente para que se me olvide esta deshidratación y estas 3 horas y 57 minutos que hemos pasado. No hemos podido hacerlo en las 3 horas y 48 minutos que teníamos planeado pero he bajado 17 minutos el tiempo de Valencia, por fin soy sub 4 horas, ya no hay nada malo, ahora al apartamento a meterme en la bañera fría, a comer, descansar un poco y hacer la foto de equipo en la Torre Eiffel, si como Rafa Nadal cuando gana Roland Garros, ¡VAMOS!

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Qué grande ha sido este fin de semana, este maratón, estos meses de entrenamiento y todo lo que nos ha pasado. Gracias a Agus por los entrenamientos y por ponerme como una moto, a Belén por haber cambiado mi físico hasta hacerme muy fuerte, a Lici por mantener mis piernas a punto en cada momento, a mis tigres con los que he compartido entrenamientos, al resto de la familia, amigos y compañeros de trabajo que me han animado, a mi madre porque siempre está ahí y a Rocio, no sé qué haría sin ti, haces que parezca fácil.

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Y aquí se cierran las Doce Semanas que empezaron en Enero, ahora empieza la época del Triatlón y con el Maratón de Berlín en la cabeza para el próximo septiembre y con Gon preparando el Maratón de Chicago. Gon, Maite. Maite, Gon. Gracias por todo.

No olvidéis seguir la página de Facebook de Doce Semanas donde actualizo información con más frecuencia: https://www.facebook.com/docesemanasrun/

Ha sonado: The winner is – Devotchka

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